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Publicaciones de Ana Cecilia Rodríguez Fieujean (10)

LA VISITA

 

 

 

Del viento me parece que has llegado,

caprichoso rescoldo del destino.

No me acuerdo si yo te había llamado,

si fuiste tropezadamente niño.

 

Tengo en mi mano un puñado de tierra,

que moldea mi pecho desandado

y a mi llanto que sale de la hoguera,

deshojando una flor, ya desbordado.

 

No quiero mirar tus ojos aún proscritos…

prefiero remontar el arcoíris

con sus lentos colores imprevistos.

 

Tirar la tierra que en mis manos tengo,

cubrir tu cuerpo casi disecado,

con lo poco que poseo, yo me avengo.

 

 

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POEMA EN BICICLETA

 

¿Adónde está el poema en bicicleta?

¿En este parque o en tus ojos?

¿Adónde fue?

 

¿Qué se hizo el aire

que impulsaba mi falda

hacia el poniente?

 

Rojizo el sol acabó 

al acariciar mi larga espera.

Sin rumbo, vuelvo a pedalear.

 

No quiero alargar el vuelo

que interrumpa mi hoguera

para solo encontrar un poema en bicicleta.

No está en el parque ni en tus ojos,

 nadie sabe dónde ha descansado;

 solo mi falda va impulsada

por un viento que no sé si me espera.

 

 

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EL DUELO

 

 

Esto que yo entiendo… no lo entiende nadie.

Saber que  llega,  pero no saber cuándo.

Es la incertidumbre de los extramuros,

la  tregua navaja  que nos impusieron.

 

Derroches de invierno, sin mojar los llanos:

La cosecha ebria de los vendavales,

quietas e impías sombras arrogantes

que acechan por la noche y al amanecer.

 

Cumplen el mandato que tampoco entiendo,

sin saber  cuáles son esos escogidos,

divulgan los  nombres en papel de agua.

 

El duelo provoca  tanto significante

y esto que yo entiendo, nadie lo proclama,

menos el poema que así lo convoca.

 

 

 

 

 

 

 

 

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RESQUICIO

 

 

 

Es el camino a seguir:                                                                 

La onda de los cipreses,

el rincón de la oscuridad.

 

La puerta abre y se cierra

en constantes nubarrones.

Sombras oscuras, sin paz,

mientras mi sudor cae

ante el vacío.

 

Sombra de los rasgos;

la he visto:

Es el frío de la soledad

y el aire candente.

¡La he visto!

 

Es la incertidumbre

de los ojos nublados.

¡La he visto!

La puerta abre y cierra

sus doradas hojas ante el vendaval.

¡La he visto!

 

En mi pecho

se atraganta,

trata de asfixiarme.

La he visto.

Lo último del soplo que da la señal.

No sé si quedarme o traspasar.

Me denigra, sin ropa, sin ego.

¡La he visto!

 

Gaza punzante en mis muñecas

sentí la suavidad del no sentir.

La he visto.

 

Montada en una nube blanca,

erguí mi paso hacia la puerta.

La vi

y como en onda serena, la traspasé,

crucé tras ella,

envuelta en algodones.

¡La he visto!

 

En mi nuevo amanecer,

en el alba sumergida,

La vi, la vi, la vi.

 

Sin dolores, sin pena,

sin ausencia,

carcomida  en el pesar de las aldabas,

la he visto.

Calcinante como la aurora,

fría y crujiente como el anochecer.

La he visto.

 

Tristes los caminos de olmos salpicados.

He regresado  envuelta en cenizas.

 

 

 

 

 

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EL DUELO

 

 

Esto que yo entiendo… no lo entiende nadie.

Saber que  llega,  pero no saber cuándo.

Es la incertidumbre de los extramuros,

la  tregua navaja  que nos impusieron.

 

Derroches de invierno, sin mojar los llanos:

La cosecha ebria de los vendavales,

quietas e impías sombras arrogantes

que acechan por la noche y al amanecer.

 

Cumplen el mandato que tampoco entiendo,

sin saber  cuáles son esos escogidos,

divulgan los  nombres en papel de agua.

 

El duelo provoca  tanto significante

y esto que yo entiendo, nadie lo proclama,

menos el poema que así lo convoca.

 

 

 

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Prisión del alma

Vaso que siempre me doblega,
viñeta enrojecida, sí.
El claustro de la noche oscura
muerde en tus cristales
con el amparo de la lluvia.

Mojo mi pelo por dentro
y viajo serena a la tormenta.
Se rasga la tierra en dos,
el polvo carcome nuestros ojos.

Vaso que siempre me desangra,
monte que irrumpe en mis latidos,
alto como la luna oculta,
desvencijado se arrastra
hasta doblegar la herida.

Sigo, camino entre canales,
miro mis zapatos terrosos,
me siento en un leño vetusto
y este vaso siempre me encierra.

Pienso que ya llegó el mañana
a desaguar la frontera del alma.

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Madeja imposible

 

 

Ya nada soy y nado en lo insondable,

solo un viajero más en la madeja

de sentirme olvidada por quien deja

al lado de sus goces lo innombrable.

 

Soy pasajera de la vida misma,

que arranca del  dolor lo que le queda,

sin pronunciar lo mismo que le veda

el constante rubor de la marisma. 

 

También soy ebria de lo inevitable, 

por  no ser lo que  fui: - turbia madeja -

sucumbir y olvidar lo inolvidable

es el embrujo de lo ya embrujado,

dejando atrás la solitaria queja,

ardor candente del ardor pasado.

De mi libro inédito MADEJAS IMPOSIBLES

 

 

 

                                              

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OCASO

 

 

OCASO

 

Los viejos no hacen desaires,

solo se corren a un lado;

se absorben en su nostalgia,

se apartan hacia el olvido.

Son un mueble en una esquina

de la sala de tu casa,

son tan solo el diván lento

con su lento caminar.

 

Son ya lo que va quedando

de los esfuerzos de otrora,

son el fruto ya olvidado,      

fruto que ya se desecha.

 

El velado saldo de sus ojos,

ante el ocaso nos llama;

no sospechan lo que encienden

con guijarros por palabras.

POEMA GANADOR DE UN PREMIO

EN EL CONCURSO LITERARIO DE LA ASOCIACIÓN

GERONTOLÓGICA COSTARRICENSE, 2014

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ROMANCE DE LA MUJER DESOLADA

Sumida en la oscuridad,
sin levantar la mirada,
el silencio ya carcome
¡ay!, su vida destrozada.
Surcos torvos y profundos,
canales por donde mana
de sus cristales nublados
cada gota que derrama.

Su mente es irracional,
lo que transforma su estampa,
lo que la hace vulnerable,
lo que la vuelve lejana,
lo que la hunde en silencios
no acierta a decir palabras
de su pasado certeras,
de su presente cansadas.

Sólo mira el espejismo,
que no se aparta de su alma,
que estruja su conciencia,
hasta reventar la calma.
de la que brota el sonido,
el crujir de la ventana,
o los gemidos del lobo
que no alcanza a su manada.

Otras veces la recuerdo,
apostada en una sala
cual golondrina tejiendo
los crespones de su manta,
la oigo quejas murmurar,
pues salen de su lana
rompiendo al salir los bordes,
de su desdicha de aldaba.

Sufre y llora en la pila,
y sin deshacer su cama
se arraiga a un viejo latón
donde su mente divaga ,
quizá deseando salir
de aquella prisión malsana,
que no la deja vivir,
prisionera de su karma.

En un claustro de miseria
desahoga sus quebradas,
y la bóveda celeste
se abre en dos al contemplar
las súplicas en lo profundo
de su lento respirar.
Brotan de su ramajes
alas que van a volar.
Ya regresa tal cual vino
en medio del ancho mar,
envuelta en tules celestes
y en un enjambre de paz.


 De mi libro en preparación "Madejas Imposibles"

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CANTO AL DESNUDO

 

 

 

Cae la gota lentamente

y el tic-tac me doblega,

cruje de pronto el abismo

y eleva en penumbras

la desolada nave de mis caricias.

 

Rompe la mustia soledad ceñida

la bruma que rodea tu cuerpo;

el dulce aroma que exhala la brisa

deja fluir un canto a la noche.

 

Flores, bálsamos, troncos,

donde llora y ríe la savia,

vida da vida a la vida, fluye

el aroma del aire.

 

Tierra a los cielos, cierra la herida

con olor a humedad y a hierbas secas.

Fin del desnudo bajo la luna.

 

 

 

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